Durante dos días, la ciudad vivió una movilización como hacía tiempo que no se veía. Personas de todas las edades esperaron durante horas, con frío, con niños en brazos y con la batería del móvil al límite, para conseguir lo más preciado: una foto junto a la Copa del Mundo, expuesta en la Sala Roja del Teatro Principal.
Nadie protestó por la espera. Nadie se fue antes de tiempo. Nadie dijo “ya iré otro día”. Fue un ejemplo de compromiso ciudadano. Lástima que fuera para ver un trofeo.
La ciudad que sí sabe movilizarse
El fenómeno ha dejado a los sociólogos (ficticios) desconcertados. “Hemos demostrado que la ciudadanía es capaz de organizarse, esperar horas y mantener la moral alta en condiciones adversas”, explica un experto inventado para este artículo. “El problema es que solo se activa cuando hay algo dorado detrás de un cristal”.
Porque mientras las colas daban la vuelta a la manzana, otros temas que afectan directamente a nuestra vida diaria no han movido tanta gente:
- La subida del alquiler, que ha convertido encontrar piso en una competición más dura que un Mundial.
- La defensa de la educación pública, en la que se juega el futuro de miles de niños y que no viene con foto de recuerdo.
Testimonios de la cola
“Merecía la pena. Esto no se ve todos los días”, asegura Rubén, aficionado ficticio que llevaba seis horas de espera. Al preguntarle si acudiría a una concentración por la vivienda, contestó con sinceridad: “Depende de si coincide con el partido”.
Lucía, inquilina y también personaje inventado, lo resume a su manera: “Yo hago colas de horas todos los meses. Para ver pisos. La diferencia es que la Copa al menos no me pide tres meses de fianza”.
Visto el éxito de convocatoria, nuestra redacción plantea varias medidas para aumentar la participación ciudadana:
- Exponer la Copa del Mundo al final de cada manifestación. Quien quiera la foto, que camine el recorrido completo.
- Meter un contrato de alquiler en una vitrina con iluminación de museo y cordón de terciopelo, a ver si así alguien se para a leerlo.
- Repartir pines conmemorativos en las concentraciones por la educación pública. Edición limitada, por supuesto.
Hablando en serio
Hacer cola para ver un trofeo no tiene nada de malo. Es ilusión, es emoción y es una experiencia que muchos recordarán. El fútbol une, y eso tiene su valor.
Pero quizá merezca la pena preguntarnos por qué somos capaces de esperar horas por una foto de cinco segundos y nos cuesta tanto dedicar una hora a defender cosas que van a marcar nuestra vida durante años: dónde vivimos, cuánto pagamos por ello y qué educación reciben nuestros hijos.
La Copa ya se ha ido. El alquiler y los colegios siguen aquí.
Seguiremos informando. Aunque no haya trofeo.
